El Madrid desarmó a Osasuna con un argumento que paraliza a la presa: la recuperación relámpago del balón. Mendilíbar procuró que su equipo no se encastillara demasiado. La pretensión era resignarse al dominio blanco, pero no al asedio. Y eso exigía enganchar tres o cuatro contragolpes que hiciesen pensar al Madrid. No llegaron y el desánimo de perseguir y perseguir sin lanzar una mano derrumbó al equipo navarro.
El Madrid se echó la muleta a la derecha de Di María y fue construyendo su faena con firmeza y sin prisas. Durante 20 minutos todo quedó en grado de tentativa: una media vuelta fallida de Khedira, al que mejor le ha venido esa mejoría general; un cabezazo flojo de Higuaín; un derechazo mordido de Di María. Pero cuando se acercó la hora del aperitivo el Madrid disparó su apetito.
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